domingo, 26 de marzo de 2017

El igualitarismo social y el infantilismo de las minorías












El Estado de bienestar ha pretendido tradicionalmente lograr el igualitarismo social con la redistribución de la riqueza, mediante altos impuestos a las ganancias de capital, y el traspaso de ese dinero a pensiones, prestaciones de desempleo, viviendas subvencionadas, servicios médicos socializados, subvenciones agrícolas e industriales, y otras muchas bondades. El problema más serio del Estado de bienestar es que resulta insaciable, y mientras más aumenta la renta disponible, más quiere el Estado de bienestar regalar dinero, sin tomar en cuenta que mientras más distribuye más socializa el dinero, y mientras más socializa el dinero más se estancan el crecimiento económico, la  productividad, el desarrollo tecnológico y la calidad de los servicios sociales que presta el Estado. Finalmente, el Estado bienestar termina convirtiendo a sus ciudadanos nativos en ciudadanos discriminados, para darle beneficios a minorías étnicas nativas e inmigrantes. 

En el caso de Estados Unidos, durante décadas los demócratas han pretendido construir en Estados Unidos un Estado de bienestar. Cada vez que lo intentan, el país termina corrigiendo el camino en las urnas, entregándole el poder a los republicanos para que vuelvan a poner orden en la casa. 

Durante las dos administraciones de Barack Obama han estado muy cerca de lograr convertir a Estados Unidos en una socialdemocracia europea. La estrategia ha sido simple: favorecer la creación de grandes centros urbanos dominados por élites políticas, económicas y culturales formadas en las tesis del marxismo cultural de la Escuela de Frankfurt, que son completamente ajenas a la cultura estadounidense. 

El propósito de la izquierda americana ha sido cambiar el mapa étnico y cultural del país, para cambiar al país. Quieren un país multiétnico y multicultural, sin ninguna mayoría. Buscan crear un todo nuevo con el empaste de varios fragmentos ajenos entre sí. Buscan crear un país ajeno al país que generó la grandeza americana. Buscan destruir a la América que conocemos para crear una América fantasmagórica que en nada se parezca a la que creó el estilo de vida americano, que nada se parezca a la que creció guiada por los valores de la cultura americana. Esta situación ha demostrado la enorme funcionalidad del sistema electoral estadounidense.

Los socialdemócratas saben que el modelo se ha hundido en el mundo entero, incluso en las sociedades europeas supuestamente más exitosas, y tratan de reempaquetarlo. Para ello intentan meter las manos en el mercado, ese monstruo de mil cabezas que tanto odian. Quieren controlar el comportamiento natural de los mercados regulándolos en exceso, tal y como hizo Obama. Creen que desregular los mercados los hace ineficiente. Pero no entienden que regularlos frena el crecimiento económico, estanca el desarrollo, lastra la productividad y termina estancando a la sociedad en su conjunto, estandarizándola. Que es lo que le ha terminado sucediendo a la socialdemocracia europea. 

Los socialdemócratas intervencionistas y antimercados están obsesionados con la igualdad y la redistribución, y no aceptan que ese intervencionismo es antinatural y siempre termina siendo contraproducente, porque si bien los mercados necesitan ciertas regulaciones que protejan a los consumidores, el estado socializador siempre mete las manos en exceso con políticas públicas que le ponen contención al capitalismo. Es mentira que el igualitarismo propicie crecimiento económico. No hay ninguna evidencia que lo demuestre. Mientras más igualitarismo propicie un estado, mayor ineficiencia económica incontrolable y mayor estancamiento económico. Ahí están la España de Zapatero o la Francia de François Hollande, como dos de muchos ejemplos.

Los socialdemócratas utilizan a las minorías, a los inmigrantes y a las clases sociales para mantener su fuerza electoral. Lo hacen regalándoles el dinero que le quitan a quienes lo ganan. La búsqueda del igualitarismo es el camino para conservar y acrecentar su competitividad electoral. En Estados Unidos es lo que hacen los demócratas con los inmigrantes hispanos y los negros. Políticamente hablando, la izquierda americana necesita mantener el status quo. Han regalado el dinero en programas sociales que ayudan a esas minorías a vivir ajenos al esfuerzo por ganarse la vida, a vivir de ayudas sociales en lugar de empujarlos a luchar por emanciparse y ser autónomos. 


Esas minorías no quieren educarse, no quieren capacitación para avanzar en la nueva economía de la que se van quedando al margen. Quieren los obsequios del Estado. Los han convertido en individuos parásitos, socialmente disfuncionales y acomodadizos por generaciones. Los programas sociales terminan siendo inútiles, y esas minorías beneficiadas seguirán viviendo atrapadas en círculos viciosos. No quieren romper esos ciclos de beneficencia, quieren mayores beneficios para mantener esos ciclos ad aeternum. No son ellos los culpables, sino el despreciable paternalismo de un Estado manipulador, sórdido y brutalmente oportunista que busca infantilizar a las minorías hasta inutilizarlas socialmente.

domingo, 26 de febrero de 2017

Trump y la fractura del Partido Demócrata



                               La ventaja se la lleva aquel que aprovecha el momento oportuno
                                                                            Goethe

Los resultados electorales presidenciales del 2016 son el peor descalabro para el Partido Demócrata desde la derrota de Michael Dukakis en 1988. Nunca antes, en los últimos 100 años, los demócratas han estado en una situación política tan calamitosa. Sólo tienen el poder ejecutivo y legislativo en 5 estados. Obama logró en 8 años destruir al partido. Lo curioso es que no se dieron cuenta  o no quisieron darse cuenta, hasta que Trump aplastó a Hillary Clinton. 
La derrota del Partido Demócrata fue tan brutal, tan desmoralizadora, que han quedado ideológicamente desorientados. La experiencia vivida en las internas demócratas, con un Bernie Sanders creando una revuelta antisistema y cargado hacia la izquierda, y la victoria de Trump, han comenzado a movilizar a los talibanes del partido para presionar a la élite con el propósito de que arrope a Elizabeth Warren en el asalto al poder en el 2020. 
El protagonismo que cobró Warren durante su oposición a la confirmación de Jeff Sessions como secretario de Justicia, fue el primer ensayo de esa contienda que se aproxima. 
MSNBC le dio el primer espacio publicitario gratuito de su campaña hacia la nominación demócrata, cuando Rachel Maddow la entrevistó en su programa. El circo romano donde se desarrollará la próxima contienda presidencial, ya soltó a su primera fiera feroz, a la espera de que empiecen a llegar los gladiadores. Por ahora no se avista a ninguno capaz de vencerla.
Es curioso que la destrucción que los expertos presagiaron para el Partido Republicano tras la nominación de Donald Trump, ahora, tras la victoria del magnate, se cierne sobre el Partido Demócrata. La reacción gamberra y gansteril que ha asumido el partido de Jackson, parece que lo terminará alejando aun más del electorado que lo marginó del poder en casi todo el país.
Haber tenido como candidatos a la presidencia a una mujer como Hillary Clinton, soberbia, fría, calculadora, sin carisma y tan corrupta e incompetente como secretaria de Estado, que debió haber sido llevada ante un tribunal; y a un anciano marxista infectado por la rabia anticapitalista, demuestra la decadencia, rigidez y falta de vitalidad del Partido Demócrata. Un partido que para imponer a Clinton como su candidata tuvo que manipular el proceso de primarias para debilitar las opciones de Sanders de convertirse en el candidato.
El marxismo cultural que se ha apoderado del Partido Demócrata ha despojado a los estadounidenses de su patriotismo. La intención ha sido deslavar el amor a la patria, el sentimiento de pertenencia a una tribu, a una nación excepcional, para diluir al estadounidense en el sentimiento antipatriótico de los inmigrantes, que siempre reservan su patriotismo para la tierra de donde provienen. Los hispanos, los musulmanes y los chinos jamás tendrán sentimientos patrióticos por Estados Unidos. 
Sus obsesiones con la corrección política los ha llevado a excesos que golpean constantemente al estadounidense conservador. Los empecinamientos obamistas-como la directiva que instruía que los alumnos transgénero tuvieran acceso a los baños correspondientes al género conque se identifican en las escuelas públicas-, han alejado a los demócratas, de manera casi irreversible, de los estadounidenses. Los demócratas han perdido el norte, al no poder identificarse con los intereses de la mayoría americana, adormecidos por el apoyo de las grandes masas urbanas, que no representan el verdadero espíritu de la grandeza americana.
Cada día de Trump en la presidencia acelera el resquebrajamiento de los demócratas y la izquierda estadounidense, pues consolida el apoyo de los seguidores que lo llevaron a la Casa Blanca. Trump se hace fuerte en el escenario real, mientras que en el escenario inventado por la izquierda, la prensa lo acusa de dictador, los jueces ideologizados tratan de bloquear su agenda política y las encuestas manipulan la opinión pública centrándose en lo que piensan las grandes masas urbanas, que son las bases electorales de la izquierda. La misma realidad que viene siendo derrotada en las urnas desde el 2010.
El Partido Demócrata parece no entender que América lo ha castigado porque dejó de tener representación política. La América sensata, la que no se deslumbra por el idealismo juvenil, por los cantos de sirena del marxismo cultural. La América más experimentada, la adulta, la que no cree en la benevolencia del multiculturalismo ni en la transculturación de una América exitosa y funcional en una América socializada y atea, se ha inclinado abundantemente por construir un país diferente, un país que vuelva a pensarse, a reinventarse, para recuperar su posicionamiento hegemónico en el mundo, a partir de recuperar la nación desde su grandeza económica y cultural. 
El pesimismo de la América adulta se convirtió en esperanza, para derrotar a la América joven y optimista, que quería inclinarse hacia la socialdemocracia al estilo europeo. Después de todo, la historia ha demostrado que la juventud rara vez está acertada en su visión del mundo. Por el contrario, la población madura casi siempre se pone del lado correcto de la historia, y cuando se ha equivocado en su posición, al pensar con el corazón en lugar de con la cabeza, como sucedió cuando votó de manera sentimental por la raza de Barack Obama  y no por sus valores políticos como líder, creyendo que porque era un hombre negro haría bien las cosas, pagó caro el error. Estados Unidos retrocedió en todos los órdenes durante las dos administraciones del presidente Obama. 
Ahora, con Trump en el poder, ha comenzado el proceso de corrección: alentar una sociedad donde la familia recupere sus valores tradicionales y se convierta en un factor de aglutinamiento, en parte de una estructura que aliente valores morales y éticos capaces de incorporar el mundo tecnológico a un engranaje más humano, que empuje la transformación de la nueva economía y de las instituciones sociopolíticas y culturales. Donald Trump representa todo eso. Su proyecto de nación incluye, además, la descentralización de la política, la transformación de las formas de gobierno y la aniquilación de la burocracia y las élites políticas paralizadoras, que funcionan como entes ajenos a los intereses de los gobernados. Destruir viejos modelos, para crear nuevas formas, estructuras e instituciones. 
Donald Trump ha llegado al máximo escenario político mundial como una descomunal disrupción. Contrario a la acepción negativa que la Media le ha dado al término, la dilatación brusca que ha provocado Trump, como respuesta a la desmesurada estrechez política, a las limitaciones sociales y a los controles económicos de todo tipo, que impuso el obamismo, en complicidad con la corrección política, la tolerancia ante la violencia islámica, el multilateralismo y el multiculturalismo, ha fracturado a la izquierda estadounidense-también a la izquierda mundial por reacción en cadena-, hasta el punto de que se han quedado sin respuesta para un movimiento que ya comienza a crear un mundo nuevo y sustentable. Un sistema nuevo y transformador. La estrategia disruptiva de Donald Trump ha interrumpido el avance del proyecto del marxismo cultural, y conducirá, inevitablemente, hacia la refundación de la nación, hacia un Estados Unidos mucho más innovador, estable y dominante.
Lo que hemos escuchado desde los primeros días de Trump en la Casa Blanca no es el caos que enuncia la Media, sino el estruendo de la fractura del viejo sistema. Los gritos dolorosos y revitalizadores del nuevo sistema que se está gestando.

domingo, 29 de enero de 2017

Donald Trump: verdad, posverdad y Verdad Alternativa


La intelectualidad americana de izquierda, desesperada por encontrar una justificación de la derrota electoral, trata de armar una narrativa con la cual establecer las culpas y explicarnos las razones de la derrota improbable que se hizo contundente realidad.
Escritores, periodistas, teóricos, activistas y políticos han comenzado a asegurar por todos lados que la principal causa del descalabro de Clinton fue la muerte de la verdad. Se han inventado un nuevo momento histórico: la posverdad. 
Culpan a los nuevos medios digitales y a las redes sociales de propiciar el crimen con una cruenta polarización política. Intentan validar que se produjo un cambio en el significado de las palabras y los hechos, para justificar que la verdad estaba de su lado, pero que se la arrebataron, la distorsionaron, la malearon y la destruyeron.
Sin embargo, lo que ha sucedido es mucho más evidente y desacralizador. La democratización de la información propició que fuerzas intelectuales emergentes desde la derecha generaran un auténtico movimiento de contracultura, que resultó capaz de arrebatarle a la izquierda el tradicional monopolio de la verdad, que ejercían desde el control sobre los medios de comunicación tradicionales. 
No ha surgido la era de la posverdad, sino la era de la Verdad Alternativa, que representa la otra verdad, la que se mantuvo oculta, reprimida, avasallada y desmoralizada por el discurso impuesto por las élites dominantes en the heartland, en el corazón del país. Una Verdad Alternativa que fue capaz de convencer a una mayoría (de votantes demócratas incluso) y apoderarse del imaginario de una parte representativa de la sociedad estadounidense. Es una verdad que ha resultado ser, por convincente, audaz, reflexiva, y demostrativa en los hechos, los gestos, las acciones y las palabras, más verdadera que la vieja verdad. 
La izquierda había acomodado durante demasiado tiempo la realidad a su verdad, apoyándose en el liderazgo que han establecido sobre los medios de comunicación tradicionales y las élites intelectuales, destruyendo la verdad opuesta, la defendida por sus enemigos ideológicos. Pero la era digital se ha encargado de liquidar esa hegemonía de la verdad, exponiéndola a la confrontación con los hechos, al debate inmediato con los sucesos, con las pruebas, con las imágenes. La vieja verdad tenía un mismo rostro y algunos maquillajes casi siempre monocromáticos, y no pudo resistir el enfrentamiento con la avalancha de escenarios, actores, discursos, y lenguajes que la desafiaron.
Ante el debate caótico y plural, la izquierda no pudo sostener su conceptualización e imposición de la verdad, mientras la derecha mostraba una verdad deslumbrante, cautivadora y vital, que representaba la contraposición a todos los  temas clásicos de la izquierda y a sus causas más emblemáticas. Desde el igualitarismo social al feminismo sin femineidad. Desde el ateísmo anticristiano al integrísimo multicultural y a la fabricación intelectual de nuevos géneros agrupados en la narrativa LGBTI.
La derecha logró que predominara su visión de los hechos y demolió la visión de la izquierda. Esto fue facilitado por los nuevos medios, que ponen al alcance de todos, con una difusión rápida y masiva, la evidencia de las imágenes. Las imágenes hicieron que las propuestas de verdad de la izquierda fueran muy vulnerables. No eran capaces de sostenerse al escrutinio. Aquí, dos ejemplos de cómo la derecha ganó la guerra mediática.
Uno: acusan a Donald Trump de ser simpatizante del KKK. Diseminan su verdad por todos los medios tradicionales y los nuevos medios alternativos. La ofensiva es brutal. Había que distorsionar al blanco exitoso y convertirlo en un clasista racista. Había un problema: no tenían evidencia para sostener esa verdad. Y vino la contraofensiva, la otra verdad, la Verdad Alternativa de una derecha que demostró estar mejor preparada para la guerra política mediática en los nuevos medios. Medios que a su vez demostraron ser más importantes y eficaces en la creación de estados de opinión y en las representaciones de la verdad, que los medios tradicionales. Había una peculiar imagen de Hillary Clinton con el senador Robert Bird, y también una de Bill Clinton. Bird fue un connotado gran dragón del clan. "Corazón y alma de América", dijo Hillary de Bird, a quien consideraba como un "mentor político". 
Dos: tras la derrota electoral, los medios tradicionales quisieron construir una verdad sobre la fortaleza de carácter de Hillary. Dieron a conocer una selfie de  Clinton sonriente y relajada con una supuesta admiradora a la que casualmente se había encontrado en un parque. La respuesta no se hizo esperar. La supuesta fan era en realidad alguien que trabajó para la campaña de la candidata. La foto demostrándolo circuló como pólvora en las redes sociales.
La libertad de opinión nunca antes había sido tan funcionalmente eficaz, como durante el proceso electoral estadounidense de 2016. Fue una verdadera batalla  campal entre los bandos por hacer prevalecer su verdad. Triunfó el que más ajustó su verdad a los hechos. El que fue capaz de respaldarla con evidencias. Fue entonces que la hegemonía de la vieja verdad cedió ante el empuje de la Verdad Alternativa, perdiendo, finalmente, el combate político que las enfrentó, y con la derrota, sus propias élites intelectuales decretaron su muerte.
La izquierda estadounidense, acostumbrada a diseminar la verdad desde formatos controlados por profesionales que ideológicamente se alineaban con ellos mediante artículos de opinión, editoriales y programas radiales y televisivos de debate y de comedia-el humor siempre ha sido una de las armas ofensiva predilectas de la izquierda, porque suponen a la derecha malhumorada-, no pudieron o no supieron o no quisieron o todas a la vez, lidiar con lo indiscutible: cada individuo era un difusor, un catalizador de hechos y realidades que no podían controlar, y muchos menos diseñar y moldear a sus intereses. No entendieron nunca que la Verdad Alternativa se forjaba sobre la base de una indomable, inmanejable, auténtica e infinita multiplicación de sucesos de todo signo, capaces de doblegar a los hacedores disciplinados y aglutinados homogéneamente alrededor de la verdad preestablecida. 
Y no es que la izquierda no diera batalla en los nuevos medios, que la dieron, y dura, sino que no se sentían cómodos en el campo de batalla digital, porque allí no podían manipular los argumentos ni controlar las evidencias. Perdieron la guerra al no poder contrastar los hechos y durante el enfrentamiento cuerpo a cuerpo de las emociones virtuales. También la perdieron en el campo físico, cuando la violencia contra los partidarios de Trump, convertida en videos, se hacía viral. Perdieron la batalla en medio de una silenciosa pero compleja y apasionada rebelión, hecha con emociones largamente reprimidas, que al desatarse se convirtieron en un huracán político que revolcó por el lodo todas las predicciones. 
La Verdad Alternativa le dio un nuevo significado a palabras importantes. América, cultura, inmigración, raza, economía, socialismo, "obamismo", bienestar, grandeza, liderazgo, igualitarismo, islamismo, política. Todas palabras que sufrieron una metamorfosis que acabó dislocando la retórica con la que previamente fueron construidas. La comprensión de esos nuevos significados posibilitó levantar un nuevo discurso político, para una nueva verdad.
Pero quizás cuando desde la vieja verdad construyeron a la figura de Trump como la de un caudillo populista, se perdieron la oportunidad de entender que ese hombre había sido capaz de leer la situación de la nación, y que su discurso no era una creación artificial, sino la interpretación visceral de los sentimientos  justificados de frustración, resentimiento y abandono de una parte mayoritaria de la nación americana. Fue entonces que todo se decidió, aunque quizás muy pocos fueron capaces de descifrarlo. 
El resentimiento del marxismo cultural estadounidense por la desmoralizadora derrota electoral ha sido expresado de manera violenta en las calles. La llamada "marcha de las mujeres en Washington", fue una excelente muestra de esa histeria populista, con la que se insiste en querer deslegitimar la presidencia de Donald Trump. Pero esta marcha será intrascendente. No conducirá a nada, a medida que Trump se asiente en la oficina oval y su agenda nacionalista avance.
Quienes atacan al presidente son los mismos que lo llamaron fanfarrón desde el comienzo, en complicidad con la Media tradicional, aferrada desde el primer día a dibujarlo como un payaso incapaz, al que convirtieron y luchan por seguir convirtiendo, en el hazmerreír. Los mismos que no entendieron entonces, ni entienden hoy, que la verdad no es ya la que ellos han impuesto, que Donald Trump les arrebató la verdad y la reclamó para su uso, convirtiéndola en Verdad Alternativa" o Alt-truth. Una verdad que desafía, contradice y deteriora la verdad que quiere imponernos la Media americana. Una verdad que se construye con los hechos reales y se nutre de ellos. Una verdad que no se acomoda ni a la corrección política ni a la narrativa que le conviene a los intereses de las élites políticas y culturales que a lo largo de la historia han establecido su verdad, que no la verdad.
Una verdad que se estructura y distribuye en los nuevos medios de comunicación y que se confronta con la verdad de los medios tradicionales. Una verdad que pelea contra la verdad impuesta, en una lucha por demostrar cuál de las dos es objetiva, auténtica y creíble, para decirlo de una manera nueva, para ver cuál de las dos es más verdad. 
Por ahora, en la etapa preelectoral, la Media alternativa y la verdad alternativa le ganaron la batalla ideológica a la Media tradicional y a la verdad tradicional.  No es la era de la postverdad, como la Media tradicional argumenta, es la era  de la reborn-truth. La era del renacimiento de la verdad. Una verdad devastadoramente alternativa.
Uno de los mejores ejemplos de esta batalla de verdades es la del voto latino. Mientras una encuesta a boca de urna el día de las elecciones colocaba el voto latino a favor de Trump en el 29%, una encuesta posterior de Latino Decisions, una organización proinmigración ilegal, que se equivocó en todas sus predicciones electorales, colocó ese porcentaje en el 18%. Por supuesto, la Media tradicional se ha encargado de cuestionar la validez de la primera encuesta. No sirve a sus propósitos políticos. Es la misma prensa que se empeñó en repetir lo que decían otras encuestas: ningún presidente antiinmigrante puede llegar a la Casa Blanca. Para ser presidente se necesita ganar el voto hispano. 
El presidente de Estados Unidos tiene la obligación de gobernar para todos los ciudadanos del país, pero lo que no puede hacer, como hizo Obama durante 8 años, es gobernar para las minorías y abandonar a la mayoría del país. La victoria de Trump dejó eso muy claro: no se puede olvidar a la clase trabajadora, a la gente que ha construido y sostenido al país a lo largo de su historia. Del respaldo a esa clase depende la grandeza del país. Donald Trump lo sabe desde hace muchos años.
Cuando termine la presidencia de Donald Trump esta coexistencia de verdades habrá terminado, y solo una de las verdades sobrevivirá. Como van la cosas, la Media alternativa y la verdad alternativa parece que llevan las de ganar. Donald Trump y su victoria hirieron de muerte a la gran prensa americana y a su verdad moldeada desde hace varias décadas por los argumentos del marxismo cultural y la Escuela de Frankfurt.
Vivimos los albores de una nueva era. Una era digital. Y la Verdad Alternativa también es una verdad digital, que engulle a la verdad tradicional, esa vieja verdad, anacrónica, lenta, envejecida, distorsionada y enferma. Una verdad analógica carcomida por la manipulación, los intereses ideológicos, la doble moral y la corrección política. Una verdad que cada vez es más mentira, más falsa. Una verdad convertida en reliquia vacía, sin significado. La Verdad Alternativa llegó para rescatar a la democracia liberal americana del oscuro pozo en que los socialdemócratas la han venido hundiendo por largo tiempo. Ha muerto la verdad, viva la verdad. Al menos, esta nueva verdad de la que disfruta la sociedad americana desde el 20 de enero de 2017.

sábado, 28 de enero de 2017

¿Por qué México tendría que pagar el muro en la frontera?


Mucha gente argumenta, con total lógica, que si quien necesita poner un muro para impedir la llegada de inmigrantes es Estados Unidos, pues este país es quien tiene que asumir los costos. 
Un ejemplo contundente, es el que establece que si un vecino todos los días se mete en el patio de tu casa, para cortar algunas de las rosas que allí tienes sembradas, y que tú vendes como parte de tu manera de obtener ingresos, tienes el derecho de levantar un muro para que no entre. Pero a nadie se le ocurriría pedirle al vecino que asuma el costo. 
Hasta aquí, la lógica se impone, pero vayamos más allá. Si ese vecino no se llevaba tus rosas para ponerlas en su casa, ni regalarlas, sino que descubres que las vendía, sacando ganancias a costa de las tuyas, ese vecino no solo alteraba la tranquilidad de tu hogar, sino también la estabilidad de tu economía. Es entonces que tú decides dos cosas: exigirle que te pague por los daños económicos que te ha causado, para así sufragar los gastos de la construcción del muro, y decirle que si lo sorprendes entrando nuevamente en tu casa vas a tomar medidas drásticas.
Trasladando esta situación al escenario extremo, si ese vecino decide saltarse el muro para seguirse robando tus rosas, tú le disparas por invasión a tu propiedad, alegando que te amenazó con el cuchillo o las tijeras que traía para cortar las rosas y que sentiste que tu vida corría peligro. 
En la práctica, todos los individuos tienden a defender con uñas y dientes lo que es suyo, entonces, ¿por qué cuando se trata de Estados Unidos, queremos negarle esa posibilidad, si esa es la función principal de un estado como entidad nacional: defender al ciudadano y sus intereses con todos los instrumentos represivos que le son permitidos? 
Donald Trump ha entendido mejor que nadie la actual situación de la relación bilateral entre México y Estados Unidos. Ha entendido que los millones de mexicanos legales e ilegales que viven en Estados Unidos tienen, en su inmensa mayoría, una posición nacionalista antiestadounidense. Ha entendido que los mexicanos sacan, por concepción de remesas, 25,000 millones de dólares anuales. Ha entendido que Estados Unidos tiene un deficit comercial con México de 60,000 millones de dólares anuales. Ha entendido que los millones de mexicanos que se han convertido en estadounidenses representan una fuerza de inestabilidad política para la nación americana, porque tienden a defender los intereses de México por encima de los de Estados Unidos. Ha entendido que desde hace décadas Estados Unidos ha tenido una relación sociopolítica y comercial desventajosa con México, y que es hora de cobrarles. 
Estados Unidos debe comenzar a regular la industria de las remesas y comenzar a cobrar un arancel por cada dólar que cualquier extranjero envíe fuera de Estados Unidos en concepción de remesa. La industria de las remesas ha convertido a la inmigración en un negocio en extremo rentable, y Estados Unidos no se beneficia en nada. Es hora de que Estados Unidos saque beneficios de esta fuga de capitales.
De una u otra manera, México tendrá que pagar el muro que ayudará a detener el flujo de inmigrantes que ellos mismos estimulan. También Estados Unidos debería exigirle a las autoridades mexicanas que trabajen de su lado de la frontera para detener a todos aquellos que pretenden ingresar ilegalmente. En una frontera tan grande el control del flujo de ilegales tiene que ser responsabilidad de los dos lados. México es el único y legítimo responsable de cada ciudadano mexicano que muere en el desierto o en el río Bravo tratando de llegar a Estados Unidos, como también es responsable de cada gramo de droga que pasa a través de la frontera mexicana. Es hora de que Estados Unidos empiece a cobrar. Lo demás que se diga o se alegue en contra del muro o del derecho inalienable de Estados Unidos a protegerse de la inmigración ilegal, de la misma manera que lo hace México, es un acto de amoralidad.

miércoles, 4 de enero de 2017

Regalar dinero trabajes o no trabajes: la nueva estupidez finlandesa


El país nórdico, cuyo modelo económico está estancado y vive sumido en una profunda y larga recesión para la que no encuentran respuestas, ha comenzado a especular con una tesis social tan novedosa y popular como arriesgada: regalarle dinero a la gente sencillamente sin ninguna razón. Esta propuesta ya ha entrado en una fase experimental. Desde enero el gobierno finlandés implementó lo que han bautizado como la renta básica universal, en la que 2000 ciudadanos recibirán 560 euros mensuales durante dos años. O sea, trabajen o no trabajen, el gobierno les va a regalar dinero. Sus defensores argumentan que esto no es un regalo, que es un estímulo para que la gente invierta ese dinero. Y aseguran que esta puede ser una manera de estimular el empleo para enfrentar la pérdida de puestos de trabajo ante el implacable avance de la tecnología y el cambio inevitable en el modelo económico y en los tipos de empleo.
El gran desafío al que se enfrenta esta idea, es la financiación. ¿De dónde van a sacar el dinero? Sólo hay dos formas: imprimirlo o quitárselo a alguien.
Para justificar la implementación exitosa de la renta básica universal dicen que los empleadores tienen que hacer que los trabajadores reciban altas remuneraciones por su trabajo, o lo que es lo mismo, tienen que aumentar los salarios muy por encima del nivel actual. Esto, sin ninguna base realista, de manera artificial y en detrimento del margen de ganancia del empleador o de los precios de los bienes que produce, porque no existe otra manera de financiar ese incremento salarial.
A la par, proponen una reforma fiscal que aumente los impuestos a las rentas altas (traducido a las claras, quítenle más dinero a los ricos), los edificios, los bienes, la producción de energía o la propiedad inutilizada. Porque la tesis es que siempre se puede aplicar más impuestos.
La verdad es que detrás de este experimento de ingeniería socioeconómica no hay nada nuevo. Por el contrario, es la eterna utopía de la izquierda que busca de quitarle al rico malvado para darle al pobre bondadoso. Dicen que hay que hacerlo, porque el capitalismo actual es incapaz de darle empleo a todo el mundo y el hombre siempre perderá en su lucha contra las máquinas. Eso dijeron en la Revolución Industrial, y miren hasta donde llegamos. 
La llamada renta básica universal, lejos de compensar el desempleo, traerá mayor número de personas saliendo voluntariamente de la fuerza laboral. En Estados Unidos eso es lo que ha provocado el sistema de welfare: gente que prefiere vivir del dinero que les regala al gobierno antes que ganarlo trabajando en empleos mal remunerados, porque no están preparados para la competencia en el mercado laboral. Ni tampoco quieren capacitarse.
Por cierto, este experimento también lo están financiando en Oakland, Estados Unidos,  y Utrecht, en los Países Bajos. Está destinado a morir antes de nacer.

lunes, 2 de enero de 2017

El islam debe ser reformado o sometido


El periodista Peter Beinart fue preciso al definir la profunda diferencia que existe entre la visión de Obama y la de Trump sobre el terrorismo: "Obama define la lucha contra el terrorismo como un conflicto en el que países con diferentes posiciones ideológicas y religiosas se enfrentan a un enemigo sin Estado. Trump como un conflicto entre la cristiandad y el islam". No cabe la menor duda, que la visión de Trump es, en su sencillez conceptual, tan abarcadora como realista y pragmática. 
Mientras Obama busca combatir el terrorismo con su política multilateral, que ha sido un fracaso en cuanto conflicto la aplicó, Trump se plantea enfrentarlo manteniendo al islam y a los musulmanes a raya. Mientras Obama ni siquiera se atreve a mencionar el término terrorismo islámico, Trump es claro y contundente al respecto. Trump está consciente que enfrenta una lucha contra una guerra santa global. 
Obama se empeñó en hacer toda una construcción intelectual de un islam bueno y pacífico contrapuesto a un islam radical y minoritario. Una mentira colosal que ha sido la tesis medular de la narrativa que las élites intelectuales de la izquierda americana y europeas han querido imponerle al mundo occidental. "El mundo civilizado debe cambiar su manera de pensar", clamó Trump en su cuenta de Twitter. 
Para las élites de izquierda, el que Donald Trump identifique al islam con el terrorismo es un signo de islamofobia. Lo hacen parecer como si esa identificación fuera mentira o una manipuladora exageración. Y la verdad es que no lo es. El terrorismo mundial proviene en la actualidad de la guerra religiosa desatada por el islam. Unos, con una acción más hostil y sanguinaria, y otros, con una postura de silencio, complacencia y tolerancia. 
Los grandes líderes del islam en todo el mundo aprueban con oprobioso silencio, la violencia sin sentido de sus hermanos religiosos. La verdad oculta detrás es muy simple: la aprueban, porque, después de todo, ellos tienen la verdad por designio de Alá y el profeta. Y esa verdad es única: quienes predican otra fe que no sea la de ellos tienen que ser aniquilados. Así ha sido siempre desde los orígenes del islam y sus sangrientas guerras de conquista. Un islam que vive anclado en su pasado medieval. Un islam que debe ser reformado o sometido. 
Tenemos que acabar de admitir que estamos en medio de la tercera guerra mundial, y que no es una guerra ideológica. No es una guerra entre naciones, no es una guerra territorial, es una guerra cultural y religiosa. Es el enfrentamiento entre la cultura occidental con su secuela de modernidad, libertad y bienestar, y la cultura islámica, retrógrada, bárbara y tiránica.
Mario Vargas Llosa cree que el ascenso al poder de Trump y la crisis de identidad que vive la Unión Europea tras el Brexit lejos de ser un camino para resolver los graves problemas que nos aquejan, traerá como consecuencia el agravamiento de los existente, porque "el pasado es irrecuperable". Vargas Llosa ve los hechos como signos de decadencia, lo que sólo demuestra que el gran escritor peruano no alcanza a comprender que estamos viviendo tiempos de una gran transformación política, cultural y religiosa. 
Occidente enfrenta una vigorosa amenaza existencial, que ha provocado que el mundo haya entrado en una etapa de Reforma. Una Reforma que supondrá, tras el sangriento enfrentamiento de civilizaciones que ya se produce, en la aparición de un Nuevo Mundo. 


sábado, 10 de diciembre de 2016

El Partido Demócrata no asimila la derrota

El golpe a la tradicional arrogancia de la izquierda americana ha sido tal, que reaccionaron lanzando sus hordas más violentas a las calles, tratando de construir, con las armas de los incendios callejeros, la destrucción y las banderas representativas del estalinismo más puro, una epopeya incompatible con la democracia. O más bien, una pretendida epopeya que, en realidad, no es otra cosa que una perreta vandálica.

Una de las víctimas principales de la victoria de Trump ha sido la gran prensa socialista de Estados Unidos. La mayoría de la Media se lanzó a su yugular perdiendo toda idea de balance informativo. Pronosticaron con ferocidad su derrota, en una parcialidad hacia Hilary Clinton como nunca antes de había visto. Lo convirtieron en la viva imagen del demonio. Construyeron la delirante mitología del déspota cruel, ignorante, fascista, egomaníaco, narcisista, despiadado, misógino, racista, homofóbico y tramposo capitalista. Manipularon todas las encuestas. Manipularon las emociones y criminalizaron la incorrección política. 

Ser simpatizante de Trump se convirtió en un delito. Sus partidarios eran agredidos violentamente en todo el país: mujeres golpeadas, ancianos golpeados y robados, indigentes pateados por defender la estrella de Trump en el paseo de la fama de Hollywood. Y todo ante la tolerancia y el silencio cómplice del gobierno, las autoridades y el Partido Demócrata. No hubo un solo agresor arrestado, a pesar de que las imágenes le dieron la vuelta al mundo en las redes sociales. Pero no les funcionó. Donald Trump los aplastó.

Sin embargo no aprendieron nada de la derrota. La han justificado diciendo que Clinton ganó el voto popular, pero no dicen que fue gracias al voto de los millones que viven en las grandes ciudades, que representan, cultural y geopolíticamente, la minoría del país. No dicen que perdieron Estados que tradicionalmente son considerados demócratas, en el afán de minimizar la paliza recibida. Por el contrario, lanzaron una campaña, tras el rostro del llamado Partido Ecologista, para deslegitimar el conteo de votos en Michigan, Pennsylvania y Wisconsin, porque en sus cabecitas no cabe la idea de que las encuestas que daban ganadora a Hillary se hayan equivocado. Adujeron fraude electrónico en el conteo de votos sin presentar una sola evidencia. Incluso, el presidente Obama ordenó una revisión exhaustiva de los ataques cibernéticos contra el proceso electoral de los que ha acusado a Rusia. Según Obama, los 20,000 correos electrónicos del Comité Nacional Demócrata revelados por Wikileaks, fueron producto del hackeo ruso. No había ahí nada que beneficiara a Trump, más allá de demostrar que los demócratas manipularon el juego político interno para posicionar a Hillary Clinton sobre Bernie Sanders. 

También la han justificado diciendo que perdió por la intervención de James Comey, director del FBI, quien anunció, días antes de la elección, la aparición de nuevos emails que estaban siendo investigados. Pero no dicen que ese mismo funcionario, que de pronto les parecía funesto, había sido alabado hasta por el presidente Obama cuando dijo que no había suficiente evidencia para encauzar a Clinton, algo que obviamente no se apegaba a la verdad. 

Igualmente la han justificado con el machismo americano, que rechazó a Clinton por ser mujer. Pero no dicen que en realidad fue porque era una pésima funcionaria pública sin ningún éxito en su historia política, que arrastraba una estela de corrupción y tráfico de influencias que manchaba de manera burda su trayectoria. 

Y finalmente, la prensa americana ha culpado del revés a las noticias falsas que aparecieron en las redes sociales, sin decir que las noticias falsas aparecieron en contra de ambos candidatos. La Media, desesperada ante su decadencia y su palpable pérdida de influencia en la opinión pública, ha pedido a los dueños de las redes sociales que desaten la censura, que bloqueen las publicaciones falsas, porque según ellos, el público tiene acceso a la falsedad convertida en verdad noticiosa, como si los llamados "auténticos medios de comunicación" fueran puros, como si no mintieran consuetudinariamente. Como si no distorsionaran la información con frecuencia alarmante. Como si su feroz campaña contra Donald  Trump no hubiera estado llena de mentiras, omisiones, distorsiones, manipulaciones burdas, parcialidades, proselitismo político y medias verdades. Como si no hubieran llegado al extremo de darle a Clinton las preguntas que le iban a hacer durante entrevistas previamente pactadas.

Los medios tradicionales no acaban de entender que las redes sociales son eso, sociales, que la libre circulación de ideas, falsas o verdaderas, es su sentido de ser, y que de ellas dependen hasta sus propias publicaciones para promocionar sus contenidos. No aceptan que las redes sociales representan la democratización más brutal y despiadada de la información jamás vista, la caída de la prensa tradicional como "cuarto poder", como factor políticamente determinante. No aceptan que las redes sociales hayan despojado a las élites de la cultura y la política del discurso predominante . Creen, como Humberto Eco, que "le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas (...). Es la invasión de los idiotas". Y es que, como Eco, las élites intelectuales creen que solo los inteligentes tienen derecho a hablar, a opinar. Los demás, sólo tienen derecho a obedecer y aceptar.

Es cierto que la democratización que han traído las redes sociales es indiscriminada y caótica, pero también tan inevitable como necesaria. A esta consecuencia del desarrollo de la comunicación y la interconectividad la han  llamado postverdad, aunque en realidad, lo que estamos viviendo es la constitución de una poliarquía, tan numerosa como anárquica, donde lo mismo hay medios de comunicación sólidamente establecidos, que páginas personales, blogs y medios emergentes de diferentes tendencias ideológicas, de variados formatos, sin dependencia de formas tradicionales de financiamiento y con un grado de libertad editorial nunca antes visto. Una poliarquía donde los medios tradicionales asisten, impotentes, a la pérdida del monopolio de la verdad que ejercían. Las redes sociales han desarrollado la multiplicidad de fuentes informativas y la infinita capacidad de distribución. Diferenciar la verdad de la mentira, la credibilidad de la falsedad, siempre ha sido responsabilidad del consumidor. No sé de qué se escandalizan. Uno puede hallar tanta mentira en los medios de comunicación del mundo considerados serios, como en cualquier otro medio digital.

Siguiendo la lógica de los críticos de las redes sociales y de su influencia en el consumo de la información por las grandes masas, en la "era de la verdad" (controlada por los medios tradicionales ideológicamente inclinados en su mayoría hacia la izquierda), ésta estaba determinada por los grandes intereses económicos y políticos detrás de los medios de comunicación. Su influencia no estaba en el mundo de los acontecimientos diarios, ni en la manera de reportarlos. En eso, estilos y profundidades aparte, la prensa tradicional ha sido bastante correcta. Donde ha jugado un papel distorsionador de la verdad, ha sido en el periodismo de investigación y en el de opinión. Vale solo tomar de ejemplo al periódico con el supuesto mayor prestigio mundial, The New York Times, que se encargó de trasmitir una visión falsa de la guerrilla de Fidel Castro y de la Cuba prerevolucionaria, ayudando a construir una verdad mitológica sobre una gigantesca montaña de mentiras. Y nadie contrastó la información. Y nadie cuestionó los hechos narrados. Y nadie puso en duda la calidad del periodismo de Herbert Matthews. 

En un ejemplo más reciente, el periódico La Vanguardia, de España, publicó en portada: "Colombia vota por el sí al acuerdo de paz con las FARC", y ya todos sabemos que en realidad el acuerdo fue rechazado en las urnas. El periódico se dejó llevar por las encuestas que pronosticaban una victoria arrolladora por el sí, e imprimió una noticia falsa sin tener confirmación de los resultados. Lo curioso es que nadie en España criticó la seriedad de este medio tradicional ni nadie cuestionó su supuesto prestigio. 

Los ejemplos de la manipulación mediática en la era de la verdad son incontables. Pero ese problema se ha agravado en la "era de la postverdad", ante la incapacidad de los medios tradicionales para competir con la inmediatez, la penetración y la variedad de oferta de los medios no tradicionales. 

Tengo el convencimiento de que estamos viviendo una era de verdad polisémica, en la que nadie tiene el monopolio de la verdad informativa, donde la verdad adquiere múltiples significados, en función de quién la dice y quién la consume. El bombardeo informativo es despiadado, y da la impresión de ser infinito, inagotable.

Para unos la verdad será que Obama fue un buen presidente. Para otros que fue un presidente desastroso. Mientras que para muchos otros habrá sido un presidente mediano. O mediocre. O sencillamente un activista de la izquierda disfrazado de político. Todas estas visiones llegarán distribuidas por los múltiples medios. La verdad ya no será nunca más establecida de manera homogénea por unos medios tradicionalmente inclinados hacia un solo lado del espectro ideológico. La verdad se democratiza, adquiere una nueva perspectiva.   La verdad será aquella en la que crea una mayoría. Sobre la que haya un mayor consenso. Sobre la que los hechos que la respaldad tengan mayor poder de convencimiento. Por ejemplo, se puede decir que Trump es un supremacista blanco que simpatiza con el Ku Klux Klan, y lo apoya, pero no hay ninguna evidencia que respalde esta supuesta verdad. Sin embargo, hay fotos de Hillary Clinton con Robert Byrd, un connotado miembro del clan en West Virgina, del que ella ha dicho que fue su mentor político. Queda entonces en manos del consumidor determinar cuál de esas dos verdades es su verdad. 

En realidad, de una u otra forma, siempre ha sido así. La diferencia es que ahora hay más caminos por los cuales llegar a ella. Antes los caminos eran los mismos y mucho más estrechos. Y mucho más prejuiciados. 

La democracia nunca se ha sostenido, como pretenden algunos, en el "carácter fidedigno de la información". Los pilares de la democracia liberal son mucho más sólidos y complejos: igualdad de derechos y deberes. Igualdad de oportunidades. Libertad política. Libertad económica. Y libertad de expresión.

Pero los enemigos de las redes sociales, que las ven como una amenaza a la democracia, critican esta poliarquía en la que estamos inmersos, porque aseguran que las masas que las consumen, mal alfabetizadas, tienen una pobre capacidad para dilucidar y entender a cabalidad la realidad de los hechos. Como si leyendo los medios tradicionales esa capacidad dejara de ser pobre. 

Lo que se oculta detrás de todo esto, es que los medios tradicionales, asfixiados en sus problemas financieros y en sus posiciones elitistas de superioridad intelectual, no quieren que el público sea quien decida qué consume y qué no. En qué cree y en qué no. Quieren seguir determinando cuál es la verdad informativa. Y qué debe saberse y qué no. Quieren seguir controlando el nivel de alfabetización política de las masas. Malas noticias para los medios tradicionales. Ese mundo al que siguen aferrados no existe más. 

El propio dueño de Facebook Mark Zuckerberg (al que nadie puede acusar de ser de derecha y mucho menos partidario de Donald Trump, sino todo lo contrario), su red social "no jugó ningún papel en influir las elecciones (...) No integramos ni mostramos anuncios en aplicaciones o sitios que contengan contenido que sean ilegales o engañosos, lo que incluye noticias falsas (...) el 99 por ciento del contenido visible para los usuarios es cierto y solo una pequeña parte es falsa". 

Los demócratas no han entendido que Nueva York, California y la Florida no son representativos de lo que es Estados Unidos. De lo que piensa, siente y vive Estados Unidos. Que en esos Estados, con sus grandes masas urbanas, se acumulan minorías de pobres a las que ellos han consentido siempre con políticas proteccionistas, que cambian food stamps por votos, pero que no son representativos de lo que llaman la "América profunda", y que yo prefiero definir como la América real.

En el sur de Florida, por ejemplo, los altos costos de la vivienda, los sueldos bajos y la mala planificación del retiro convierten a la región en uno de los peores lugares de Estados Unidos para ahorrar dinero, según un estudio del sitio financiero Bankate.com.

El sito de finanzas WalletHub afirma que Miami y Hialeah, dos ciudades con alta concentraciones de hispanos, están entre las peores ciudades de Estados Unidos para alcanzar el éxito financiero. WalletHub analizó las 150 ciudades más populosas de Estados Unidos. Miami ocupó el lugar 146 y Hialeah el 148. Son ciudades con elevados niveles de pobreza, y con grandes masas sin seguro médico, sin educación secundaria, con pésimo promedio de ingreso por hogar, sin empleo y sin ahorros.

Los Condados de Palm Beach, Broward y Miami-Dade son tres concentraciones urbanas donde la gente tiene gastos familiares promedio de unos $3,600 más que los ingresos familiares promedio en el país. Notable, los tres condados votaron demócrata, los tres condados acumulan grandes bolsones de pobreza.

En California, donde 6.2 millones de personas votaron por Hillary Clinton, están en continuo crecimiento las masas empobrecidas. Allí, 4,6 millones están afiliados al Obamacare, y el gobierno federal compensa al gobierno estatal con 20,000 millones de dólares por eso. 

El establisment californiano inmediatamente que Trump ganó las elecciones se declaró en pie de guerra. Las amenazas de desafiarlo de la misma manera que Texas desafió a Obama no se ha hecho esperar. De ahí la importancia que adquiere que el Tribunal Supremo también esté bajo control conservador. La "revolución socialista" californiana es una excelente evidencia del vital cambio que necesitaba el país, para frenar la distorsión del modelo de nación que llevó a Estados Unidos a la grandeza. Pocas veces un lema de campaña representaba con tanta certeza el sentimiento de un país: "Make America Great Again".

El sistema de colegio electoral, que elige al presidente de Estados Unidos de manera indirecta, demostró su justicia y lo acertado que estaban los padres fundadores cuando lo idearon. Porque de lo contrario, un solo Estado, el más poblado del país, como es California, que no representa la esencia cultural de la nación, podría elegir a un presidente. Un Estado donde una minoría hispana, en esencia antiestadounidense, pudiera decidir que el país sea gobernado por políticos que representan muy poco o nada la esencia de la nación, y que se identifican con un notable sentimiento antinorteamericano, en rechazo a todo lo que ser norteamericano ha significado durante más de dos siglos. Bajo esa premisa cabe afirmar que los simpatizantes del Partido Demócrata (y buena parte de su élite política) es cada vez más manifiestamente antiestadounidense. 

Una de las mejores muestras del antinorteamericanismo de los simpatizantes demócratas a lo largo de toda la nación ha sido la postura pública del futbolista Colin Kaepernick. Primero se negó a ponerse de pie durante la entonación del himno de Estados Unidos en un partido de la NFL. Después apareció en una conferencia de prensa con una camiseta que tenía la imagen de Martin Luther King junto a Fidel Castro. La imagen era la mejor muestra de su incapacidad intelectual para descodificar los signos. Porque mientras aseguraba que su protesta era contra la "sistemática opresión de las minorías" y reclamaba "libertad para toda la gente", exhibía en su pecho a uno de los mayores símbolos de todo lo contrario. 

La estupidez de Kaepernick lo llevó a demostrar una ignorancia sin límites cuando afirmó que "una cosa que Fidel Castro hizo es que ellos tienen (los cubanos) el más alto promedio de alfabetismo porque ellos invierten más en su sistema de educación que en su sistema de prisiones, lo que no hacemos aquí pese a que somos totalmente capaces de hacerlo". Torcía la verdad y terminó quitándole cualquier posible legitimidad a su postura. 

El 25 de noviembre se anunció la muerte oficial de Fidel Castro (la verdadera no se sabe cuándo ocurrió), y el día 27 Kaepernick fue víctima de la justicia divina. Tuvo que acudir a Miami con su equipo, los 49ers de San Francisco, a enfrentar a los Dolphins. En la última jugada, un cubanoamericano, Kiko Alonso, lo tacleó al borde de la línea del touchdown. Lo envió de regreso a su ignorancia y lo hundió en su patética e insostenible postura política. 

De inmediato recordé la manera en que Jesse Owens humilló al fascismo alemán con sus 4 medallas olímpicas. Recordé que Owens vivió y triunfó en una época donde la segregación racial dividió brutalmente a la sociedad americana. Y que su figura contribuyó a que este país se haya convertido en uno de los más justos del mundo, a pesar de sus imperfecciones. Contribuyó a que negros como Kaepernick tengan hasta la libertad de ser antiestadounidenses sin que nadie  los meta a la cárcel, como sí sucede en la Cuba comunista. Me recordó que el racismo está presente en cualquier raza. 

El infeliz de Kaepernick jamás podrá recuperarse de la humillación deportiva que sufrió, pero sobre todas las cosas, jamás podrá justificar que en este país las minorías son reprimidas por predisposiciones del poder. El Estado, en su esencial función represora, lo hace a través de las instituciones legales. Las causas de que las cárceles de Estados Unidos estén llenas mayoritariamente de negros e hispanos son consecuencia de fenómenos más complejos, que la pobreza intelectual de Kaepernick y su obvia incultura no le permiten comprender.

La izquierda estadounidense, en su afán por desacreditar a Donald Trump y todo lo que él representa, pretendió durante todo el proceso electoral comparar a Trump con Hitler, Fidel Castro y Hugo Chávez, para respaldar la tesis que esgrimían constantemente: es un populista narcisista y con ínfulas de tirano romano. Lo curioso es que los referentes ideológicos usados están más cerca de los principios de la socialdemocracia americana, que del perfil del multimillonario. El perfil del presidente Obama es mucho más el de un populista demagogo que el de Donald Trump. 

Obama está mucho más identificado con el populismo ambicioso y sin escrúpulos de Andrew Jackson (el verdadero padre ideológico del Partido Demócrata), y utilizó a las masas urbanas y a las minorías para defender su agenda social e impulsarlas a clavar sus garras en el corazón de la América real, hasta defenestrarla y desangrarla. Esa fue su primitiva manera de ejercer el poder y crear una atmósfera política favorable a sus propuestas populistas.


El Partido Demócrata, con la complicidad de la casi totalidad de la prensa, trató de identificar al presidente Donald Trump con un Estados Unidos negativo, lleno de maldad, odio, racismo y resentimiento. Un Estados Unidos aferrado a un nacionalismo rudimentario defendido por individuos incivilizados. Para ellos, Trump se convirtió en la figura que sostenía las ideas más retrógradas, las más terribles. En el hombre capaz de agrupar a su alrededor a todos los peores grupos del país. Intentaron ridiculizarlo y denostarlo, pero provocaron el efecto contrario. Donald Trump se convirtió, para millones de estadounidenses, en la figura tras la cual había que alinearse para recuperar la democracia, los derechos, las obligaciones, el respeto internacional perdido. Obama se encargó durante 8 años de empequeñecer las libertades públicas y privadas con una profunda intromisión del gobierno. Fue un potente atizador de odios y resentimientos. El movimiento nacional que generó el presidente Trump ha sido simplemente una respuesta popular a un gobierno populista que gobernó para beneficio de élites políticas socialistas y de minorías en detrimento de la clase media y la clase trabajadora estadounidense.